Clínica INDISA
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Sabrina Maripangui, paciente cirugía bariátrica

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A los 32 años, Sabrina Maripangui se encontró frente a una realidad que la preocupó: su edad metabólica era de 54 años. Madre de Matías, que entonces tenía 4 años, sabía que necesitaba hacer un cambio. "Lo que más me preocupaba era poder estar ahí para mi hijo", recuerda.

Tras intentar sin éxito gimnasios y dietas, llegó a Clínica INDISA, donde descubrió que su problema no era falta de voluntad, sino una complejidad que requería un enfoque integral. Los antecedentes familiares por el lado materno incluían hipertensión, infartos y diabetes, sin embargo, fue la resistencia a la insulina lo que la hizo la candidata idónea para la cirugía.

El desafío de distinguir el hambre real


Uno de los mayores descubrimientos de Sabrina fue entender qué pasaba en su mente antes de cada comida. “Aprendí que cuando tienes hambre de verdad, te conformas con una manzana. Pero cuando buscas algo específico, como un chocolate, es porque hay algo emocional detrás”, reflexiona.

Esta distinción es el pilar del acompañamiento en la clínica. La Ps. Cristina Alcayaga, miembro del equipo de cirugía bariátrica de INDISA, explica que este desborde es común. “El hambre emocional es muy difícil de controlar. Por eso, nuestro trabajo busca que el paciente haga una conexión con el hambre real. Cuando el cuerpo y la mente logran esa relación lógica, aparece la autorregulación. Técnicas como el mindful eating son claves para que aprendan a conectar con su cuerpo en el presente”, plantea.

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Un compromiso que va más allá del pabellón


Sabrina eligió INDISA por la seguridad de su infraestructura y el respaldo profesional, entendiendo que la cirugía era solo el inicio. En menos de un año, pasó de 92 a 57 kilos, un cambio radical que exigió rigor. “Esto es una inversión para la vejez, para la calidad de vida”, enfatiza.

Sin embargo, el éxito a largo plazo no depende solo del bisturí. La Ps. Alcayaga advierte que la cirugía no es el “camino fácil”. “Es un error pensar eso; al contrario, es el camino que exige más disciplina porque requiere un postoperatorio profundo. Lo ideal es vigilar al paciente durante cinco años, porque es en el largo plazo donde vemos qué tan adherente fue la persona a lo que aprendió”.

Once años después: “fue como renacer”


Hoy, a sus 44 años, la realidad de Sabrina es opuesta a la de su inicio: su edad metabólica es de 38 años. Mantiene una rutina disciplinada, hace ejercicio y, lo más importante, tiene la energía para seguir el ritmo de su hijo.

“No es un tema de moda para quedar estupenda, es un tema de salud”, dice con convicción. Para ella, el proceso fue un aprendizaje de amor propio. “Uno suele dejarse de lado por los hijos, pero para estar bien para ellos, primero hay que estar bien uno. Matías fue mi motor, y hoy sé que, gracias a esta decisión, tendré la calidad de vida para acompañarlo siempre”, agradece.


16 de febrero de 2026